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12 de abril de 2011

82. Southern road:

"Y sin embargo mira hacia fuera cuando más parece mirar hacia dentro. Sólo le interesa el exterior, los demás, y por eso ve tan bien"
-Javier Marías-

-Southern Road- (08/Abril/11)



-Southern Road-

Ahora que mis manos se reproducen
en octavas
y distingo el blanco del negro,
ahora digo
que el frío marfil
suave y trémolo,
es apetecible al tacto
ahora,
no hay modo alguno
de reverberar el pasado
ni que éste diapasón de sombras
se convierta
en algo más que palabras.





-La célebre serenata de dos besugos-


13 de febrero de 2011

72. These days:

"Mis sueños me han dejado,
y tampoco me organizo demasiado.
En estos días,
descanso sobre mis cimientos
mientras miro cómo pasa el tiempo.
No me cuentes mis fracasos,
aún no los olvidé"

-Abel Hernández- (Migala/El Hijo/Emak Bakia)





9 de septiembre de 2010

42. Aquel incendio:

If I could for a minute, succumb to the disaster of everyday, to let me go, let of cling to... I guess it would be possible to crash with one of the strangers that I cross by the street and have a premonition of happiness. But now, it's sure that I can't, and probably that's why one ghost comes every night to rock my stupid guilt, and why its way's a ring of fire. And when I finally sleep it's always the same dream, sand falling fast in a glass bell. The sand very clean, the glass so weak.

-The Guilt- (Migala)


-Andrés Serrano-



-Aquel incendio-

En la casa de fósforo y madera
los olores ásperos, las yemas
se acostumbran a las manos,
y los geranios no dan para más.

Soy consciente de una inconsciencia
que adquiere más y más protagonismo con el tiempo.
Aunque estoy tranquilo, como nunca antes
en este proceso kafkiano: desaparecer por dentro.

El secreto era ése y no otro. Ser generoso.
Dejar de tragar sapos que se conviertan
en príncipes del cuento. Con el vacío interior
no cuenta, puedes besar princesa.

En la casa de fósforo y madera
Me preguntaron por el futuro, una vez.
Intrínsicamente encendido, me puse a arder.
En Troya, la ausencia de oxígeno define la eternidad.



21 de junio de 2010

29. Pause:

"La soledad sí que es capaz de generar deseos que no se corresponden con el sentido común o con la realidad"  -Roberto Bolaño-


-Edward Hopper-


-Pause-

Oscurece relativamente pronto pese al incipiente verano.
El vértigo da cierta fugacidad a una vida en pausa constante.
Es otro verano más.

Cierras los ojos y apuntas de memoria hacia Venus
con el dedo índice de la mano derecha.
Ni es real ni es una ilusión. La estrella más brillante
seguirá allí después de bajar el brazo y abrir los ojos.
Así ha sido siempre.

En esta ciudad deshabitada no hay ratas,
pero sí un desguace con las paredes blancas,
alumbrado público para noches vacías,
un McAuto sin coches y un hospital sin enfermos.

La única cabina de teléfono en kilómetros a la redonda
tiene mensajes analógicos a cobro revertido.
Puedes leerlos si despegas del cristal
los anuncios de putas y evangelistas.

Alguien dejó escrito lo siguiente:

“Nos han mentido desde el principio.
Una ciudad sin ratas no es una ciudad.
Un verano sin estrellas no es un verano.
Una vida en pausa no es una vida”.

Salgo de la cabina,
tiro mis llaves a la alcantarilla.
Llamo a la policía y espero.
Hoy tardaré algo más en dormirme.

17 de febrero de 2010

8. Buenos tiempos para el desorden:


Ya era tarde. Odio afeitarme cualquier día que no sea viernes; y ni siquiera asomaba su cara el fin de semana. Un rasurado apurado pese a la desgana. Pongo música que no escucharé desde la ducha, pero ahí está Irma Thomas por si las moscas. Cierro la puerta de la calle a duras penas, ayudándome con la mala hostia que me caracteriza a estas horas u otras. En el tren, el reloj a cero. A partir de aquí, me despido de los conejos. Agujereamos el tiempo al unísono con nuestro instinto escondido bajo un par de hojas. Ya sean de las ramas de un árbol o de un libro, que es lo mismo.

El pudor me impide compartir con los demás la emocionante canción que acabo de escuchar. Dactylographique. Así duele un verano. Escribo mi versión de los hechos en el aire, con el dedo índice de la mano derecha. Des/afortunadamente, nadie en el vagón me ha visto hacer el idiota con el dedo a modo de batuta. El sordomudo del fondo sí, pero me guardará el secreto. Se metió las manos en los bolsillos, y me dio a entender que por su parte, él no había visto nada. Vuelvo al libro, y dejo a la gente subiendo y bajando del tren en movimientos, directamente proporcionales, a la avidez de todos ellos por alcanzar los periódicos gratuitos del día. Los conejos quedaron muy atrás y no consiguieron diario alguno. Tendrán otra oportunidad mañana.

Apenas entré en la macrolibrería, me puse a hacer cálculos aproximados. La misma proporción de siempre. Más mujeres que hombres, y más hombres que conejos. Puedo ver al chucho de Pávlov segregando saliva feminista. El día que el maldito perro disecado se pasee por cualquier galería de arte de la capital tendremos un problema –pensé, dactilográficamente hablando.

Subí a la planta menos ruidosa, que es también la más pequeña del edificio, y donde se puede encontrar fácilmente un aroma a libros intensos. Uno de ellos me llamó enseguida la atención porque en su lomo sólo tenía escrito el nombre del autor (Charles Lutwidge Dodgson) y carecía de título alguno, pero al intentar extraerlo de la estantería un conejo blanco saltó sobre mi cabeza dejando en ella una chistera, y rápidamente volvió al diminuto agujero por el que había salido. No pude evitar que escapara. Ni siquiera tenía un periódico gratuito a mano con el que chantajearle a modo de zanahoria. Hizo ¡chas!, y desapareció de mi lado.

La chistera contenía una hoja de un árbol. Una hoja seca y grande, como las que caen de los plataneros todos los otoños, en todas la ciudades que son Madrid. En su haz, tenía dibujado un ingenuo esqueleto con el siguiente texto justo debajo: “La muerte siempre gana”.

En el envés, también había escrito algo que parecía la coda de un poema:

“Me agotan las agonías
de tantas personas insustanciales
y me rompe la dolorosa manía
que tienen nuestros mejores amigos
de morir de uno en uno.
Ahora sabemos que nadie vendrá a rescatarnos”.


Ya era demasiado tarde para volver a ponerse la chistera. Ya era tarde.